Entrevista por Betty Saucier | PASC
7 de abril de 2026
Para empezar, ¿podrías contarnos un poco sobre ti: quién eres, a qué te dedicas y en qué procesos estás involucrado?
Luis Alberto Pérez Vivas: Nosotros decimos “como la palma roja”, una palma de la región que nace, crece y permanece toda su vida en el mismo lugar. Así, soy campesino, nacido y criado como la palma roja en la vereda La Esmeralda, en el municipio de Villahermosa.
Tuve la oportunidad — y también la necesidad — de salir a estudiar, ya que en ese momento no había acceso a educación media ni universitaria en la región. Estudié en Bogotá, por un tiempo en Manizales, y posteriormente regresé a mi región para seguir con mi familia.
Mis padres han sido toda su vida miembros del proceso comunitario de la vereda. Ese legado y la vinculación que mi familia siempre ha tenido con el proceso han abierto otros escenarios que me han permitido participar en distintos espacios.
El proceso base de la vereda, la Asociación Tienda Comunitaria Vereda La Esmeralda, ha tenido cierta visibilidad en la región. Así, nos han invitado, a mis hermanos y a mí, a participar a un proyecto de transformación de los conflictos por el agua en la región del norte del Tolima y del Magdalena Medio, que lideró la Corporación PODION, Punto de Apoyo.
Nosotros ya habíamos participado en escenarios como las audiencias públicas en Falan y los carnavales por el agua en el municipio de Líbano, pero de manera esporádica. Con el proceso de la Escuela Socioambiental (PODION), nos invitaron a ser parte de la alianza contra la minería en el norte del Tolima. La propuesta esencial de esa alianza es defender la vida en su conjunto y el agua en particular, que hace parte fundamental de esa vida en el norte del Tolima.
Además, la participación de la Tienda Comunitaria abrió la puerta para impulsar la territorialidad campesina que hoy se busca consolidar en la región a través del proceso del Territorio Campesino Agroalimentario. Ambas apuestas están profundamente vinculadas, pues implican pensarnos a una escala más amplia, a nivel regional, y reconocernos — como enseña el agua — como territorios interconectados.
Una de las estrategias de este sistema es dividirnos, encasillarnos e individualizarnos, pero definitivamente mirarnos a nivel regional es entender que estamos interconectados y que lo que pase en un municipio, en una vereda, en una región, también afecta a las otras.
Esos son los tres espacios en los que participamos actualmente: el proceso de la Tienda Comunitaria, la alianza contra la minería en el norte del Tolima, y el proceso de Territorio Campesino Agroalimentario.
¿Cuál es el panorama general de las actividades y empresas mineras en el norte del Tolima?
Luis Alberto Pérez Vivas: Primero, es necesario vincular estas empresas con la violencia del país. Colombia ha sido el escenario de muchos procesos extractivistas. Esos procesos no son nuevos.
La minería llega y se instaura en la región en el siglo pasado con una explotación inglesa. La explotación española quedó en desuso después de los procesos de independencia, pero en el siglo XXI se retoma con la llegada de empresas extractivas a la región, específicamente de oro y plata.
Desde el 2012, vamos con la apertura neoliberal que el país y los procesos sociales han denunciado. Múltiples veces llegan propuestas de minería a la región.
El primer acercamiento frente a este tema que tuvimos fue con la mina El Gran Porvenir del Líbano, una minera que se instaló en una de las veredas que están en la cumbre de la montaña. A lo largo de los años, esta ha continuado sus actividades mineras, a pesar de la oposición que ha hecho la gente en vista de que el agua en las veredas de la parte baja de la montaña empieza a escasear.
Nuestra región está ubicada en un lugar geológicamente estratégico, porque somos parte de la falda del volcán Nevado del Ruiz o el Cumanday, como le llamaban previamente las comunidades indígenas. Eso hace que la zona sea geológicamente muy atractiva. Entonces, esas aperturas que se habían hecho en el siglo pasado, que habían hecho los conquistadores en su momento, se renuevan ahora con una serie de títulos que son inmensos y que tienen varias empresas canadienses y estadounidenses, principalmente, de Texas.
Los principales actores son Eaton Gold, que en este momento cuenta con 2 títulos mineros en etapa de exploración y 31 solicitudes mineras; la Miranda Gold Colombia — una filial de la Outcrop Silver & Gold, una empresa canadiense — que tiene 4 títulos en etapa de exploración y 11 solicitudes de títulos; la Tiger American Gold S.A.S, con 5 en etapa de explotación; y la Mina El Gran Porvenir, también con 5 títulos en etapa de explotación.
Además, un proyecto de magnitud enorme es el de la empresa que en Colombia se le conoce como Minerales Santa Ana. Ese es el proyecto más grande que tiene la Outcrop Silver & Gold, abarcando cerca de 28 000 hectáreas de todo lo que es el norte del Tolima.
Son polígonos inmensos que se sobreponen a acueductos comunitarios, a fuentes de agua, y a los mismos pueblos. En el caso de Falan, incluso el mismo municipio, el asentamiento urbano, está dentro de uno de estos polígonos. Es un mapa muy escabroso, que genera mucho miedo de que logre implementarse, porque si bien el argumento siempre ha sido que no todo el polígono se va a usar, que obviamente son entradas puntuales por las que se usa el polígono, igual eso genera un polígono que en cualquier punto se puede entrar.
El proyecto no se nombra un distrito minero, porque aparentemente se compone de títulos individuales. Sin embargo, son más de 129 solicitudes que, en conjunto, implican prácticamente la totalidad del territorio del norte del Tolima.
Esta fragmentación hace parte de una estrategia adoptada por varias empresas mineras, ya que los proyectos muy grandes deben tramitarse ante autoridades nacionales y están sujetos a mayores restricciones. La estrategia consiste en sumar varios títulos pequeños, de manera que se gestionen a nivel regional. Por eso hay tantos títulos.
El proyecto Minerales Santa Ana tiene unos impactos gigantescos en términos ambientales y sociales, porque la población que vive en esas regiones no está en la óptica de transformar sus prácticas culturales y productivas, que tienen que ver sobre todo con lo agrario, diferenciándose de la lógica que implica la minería.
Dadas las implicaciones que estas empresas extractivas han tenido en otras regiones, el país tenía al menos una herramienta: las consultas previas. Cuando la gente empezó a darse cuenta de que aceptar la minería era, de alguna manera, renunciar a la posibilidad de tener agua disponible, porque el consumo de agua que hace la minería es enorme, empezaron a ganarse las consultas en contra de los proyectos mineros. Casos emblemáticos en el Tolima son los de Cajamarca y de Piedras, donde la consulta previa ganó mayoritariamente para frenar la implementación de proyectos mineros en la región.
Cuando el Estado se dio cuenta de que ese tipo de procesos podía frenar la expansión de muchos proyectos mineros, eliminó las consultas previas para las comunidades campesinas. Hoy en día la consulta previa sigue existiendo para los territorios étnicos, indígenas y afrodescendientes, pero para las comunidades campesinas se quitó esa posibilidad.
Las empresas siempre han tenido desde entonces un modus operandi, que es aprovecharse de la inequidad, del hambre y de la desigualdad que hay en este país. Llegan con la promesa de mejorar, de transformar y de hacer todo lo que los gobiernos, las gobernaciones, los municipios y las administraciones no han logrado hacer. Llegan con un discurso muy seductor de ofrecer empleos, de ofrecer servicios de salud, de mejorar las vías, de dar kits para los estudiantes, de dar regalos en las fiestas de Navidad. Realmente se apoderan de toda la vida de las personas, porque empiezan a interferir en muchas cosas que antes la gente hacía de manera autogestionada.
¿Cómo se ha desarrollado el proceso del movimiento antiminero para hacerle frente a estas intervenciones y a qué dificultades o riesgos se ha enfrentado?
Luis Alberto Pérez Vivas: Debido a la alta impunidad en el país, las resistencias y las denuncias, muchas veces, no prosperan. Esta situación se relaciona también con una justicia que, en muchos casos, está amarrada o de alguna manera cooptada. Es vox populi entre la gente que las empresas mineras trabajan articuladas a los grupos al margen de la ley y a procesos de violencia estatal para contener esas resistencias que surgen frente a los procesos de minería.
En el norte del Tolima, no ha sido distinto. Los líderes que se han opuesto han tenido que en algunos casos salir o tener esquemas de seguridad, y en otros casos sufrir el dolor que implica el asesinato, la muerte de sus familiares. En el caso de Falan, ocho días después de haber sido realizada la audiencia pública en la que mayoritariamente hubo una oposición a la minería, el hijo de un líder que era una voz fuerte frente a la minería fue asesinado. Eso mengua y atemoriza a la gente.
Mucha gente puede estar en desacuerdo con los procesos mineros en la región, pero opera el miedo y la desesperanza. Eso es el modus operandi tanto de las empresas como del Estado.
En Colombia, los liderazgos sociales y los liderazgos ambientales en particular son de los más violentados. Tenemos las cifras más altas de líderes ambientales asesinadxs, porque están muy articuladxs. Además, una constante es la satanización de los procesos ambientales, pero se han empleado varias vías para contrarrestarla.
En el 2021, se participó en el estallido social en todo el país, sumándonos a la oleada de indignación nacional. A nivel regional, se han realizado marchas por la vida, carnavales por el agua, foros, cine-foros, y escuelas socioambientales. Asimismo, se han hecho ejercicios de gestión comunitaria del agua, incluyendo siembras de agua y análisis de la pureza del agua con guías ya elaboradas para eso.
Hemos visitado las comunidades para llevar el mensaje y generar una contranarrativa frente a la narración de la empresa minera. Hemos tratado de mostrar que nuestra posición no es una de oposición al desarrollo, en la cual no se quieren vías, no se quiere salud, no se quiere trabajo para la gente, pero más bien una posición que desde el proceso de la alianza antiminería quiere ser ecuánime y observar qué ocurre con los animales y los humanos que habitan alrededor de la contaminación. Afortunadamente, tenemos la capacidad de realizar análisis y estudios científicos. Así, hemos hecho un ejercicio riguroso y sistemático para no simplemente lanzar aseveraciones que se caen fácilmente frente a unos argumentos de la empresa.
Ese ha sido el ejercicio de activismo, tratando de sumar más personas a ni siquiera una lucha, sino a una conciencia de que en algún punto será necesario lanzar esa voz informada y consciente, que no sea acrítica frente a lo que está sucediendo en el territorio.
En el territorio, muchas personas están a favor de la minería. ¿A qué crees que se debe?
Luis Alberto Pérez Vivas: Se genera tensión frente a la necesidad. La minera llega con una narración de que resolverá unas problemáticas que históricamente no han estado resueltas. Eso genera una expectativa, un deseo de estar en relación con esa fuente de recursos y de soluciones, que finalmente es como se presenta la minera. Frente a esa fuente es difícil hacer oposición, porque las personas necesitan unos modos de subsistencia.
Las empresas mineras también crean nuevas necesidades. Se promueve, por ejemplo, el uso de más motos, se promueven cambios culturales en el consumo de todo, incluso de la alimentación, que es lo más básico.
Pero la gente también es consciente y hay una defensa del agua. La gente sabe que, si bien somos una región riquísima en agua, esa también es escasa. ¿A qué me refiero con escasa? Muchos de los naceros se secan en verano. Las casas y las fincas campesinas tienen que utilizar agua de cursos más grandes como los ríos o las quebradas en épocas de verano. Se sabe que la minería consume una gran cantidad de agua.
Entonces uno se encuentra con ambas perspectivas: con unas personas que, por beneficio o por necesidad, están allí cerca de la minería y con otras personas que son muy conscientes del problema y hacen algún tipo de oposición.
Hay otra gran parte de la población que no toma partido; realmente siente miedo porque muchos de los procesos en Colombia tienden a ser muy violentos. Oponerse a la minería es de alguna manera colocarse una cruz en la frente. La gente tiene miedo de expresarse. Por otra parte, apoyar los procesos mineros también genera tensión, sobre todo en las relaciones comunitarias. Entonces, mucha gente prefiere mantener neutralidad.
En el TECAM del Cañón de los Ríos Lagunilla y Azufrado, ¿cuáles son actualmente las amenazas concretas y qué empresas han presentado solicitudes en el territorio?
Luis Alberto Pérez Vivas: Yo no tengo el dato exacto de cuál empresa tiene las solicitudes específicamente sobre el Territorio Campesino Agroalimentario, ni de si son varias o si es solamente una, pero puedo dar información de dos cosas.
Por un lado, el polígono del TECAM limita en su parte occidental con una parte del municipio de Falan, que es el corregimiento de Frías. En Frías está Minerales Santa Ana, el proyecto más grande de la Outcrop Silver & Gold. Esa es una amenaza específicamente sobre la vereda La Julia Bagazal. Gran parte de esa vereda toma el agua que está en Frías, o en el límite entre el corregimiento de Frías y el municipio de Villahermosa, que se llama el Alto del Canasto.
Sobre ese Alto del Canasto, que es una fuente de agua para varias de las veredas de tanto Falan, como de Palocabildo, como la de Villahermosa, hay una amenaza que le corresponde o que estaría asociada al proyecto de Minerales Santa Ana.
Por otro lado, nuestro TECAM está justo al frente de la mina El Gran Porvenir del Líbano. A través del agua todo está interconectado, entonces veredas como La Uribe, El Castillo en la parte baja y La Esmeralda en la parte baja son receptoras de la contaminación que se genera en las veredas del municipio vecino. Hay unos polígonos — pero como te digo, te mentiría si los asocio a alguna empresa en específico — que están en solicitud que se van a solapar con lo que ha sido delimitado también como Territorio Campesino Agroalimentario.
Muchos procesos se adelantan a espaldas de las comunidades, pero sabemos que en la parte baja de la vereda se ha hecho minería artesanal por personas que no residen en la región, y que ha habido visitas de empresas mineras a las veredas del TECAM, aunque no se sabe con claridad qué títulos están involucrados.
El no saber qué empresas han realizado estas visitas y solicitudes hace parte de una estrategia. Son tantas corporaciones, proyectos, filiales e instancias que todo se vuelve evasivo. El proceso se vuelve muy anónimo: no se sabe con quién se está hablando, a quién dirigirse ni a dónde acudir. Esa falta de claridad dificulta la interlocución y limita las posibilidades de denuncia.
La vida digna es una apuesta central del TECAM. ¿Cómo podrían las actividades mineras afectarla en el territorio? ¿Qué lugar ocupa el agua en este contexto?
Luis Alberto Pérez Vivas: Los campesinos han dicho muchas veces: « ¡Qué vivan los campesinos y que los dejen vivir, que el campo sin campesinos, existe sin existir! » Esa es una trova popular, una carranga que describe muy bien a lo que campesinos viven : si es que nos debemos a un territorio, el primer derecho que se nos ha vulnerado es el derecho a un espacio para hacer, o sea el territorio mismo.
Definitivamente, tener acceso al agua dignifica, porque cuando no está, se siente lo indigno que es vivir sin tener la posibilidad de tomarse un vaso de agua, sin tener la posibilidad de bañarse diariamente, sin la posibilidad de irse a bañar a un río, sin la posibilidad de ver llover. El acceso al agua hace parte de esa dignidad. No es pensable una vida digna sin agua.
Habrá regiones y contextos en los que la escasez de agua se vive de otras maneras, pero en nuestro territorio en particular, el agua hace parte fundamental de lo que es la vida.
El agua conecta, es vértebra y es un escenario en torno al cual se construyen todos los otros elementos de la biodiversidad y de lo ecosistémico. El paisaje mismo está atravesado por el agua: los cultivos, las guaduas, la cría de animales, las actividades que se hacen, la manera en que están organizadas las casas. Todo depende esencialmente de esa disponibilidad de agua.
Entonces, lo repito, el riesgo de la minería en el TECAM y el riesgo de la minería para la vida misma es que toca el territorio en su conjunto, tocando el agua en particular y asimismo tocando un modo de vida.
Muchas de las actividades dependen de esa gestión del agua, de esa relación que hay con el agua y con la tierra. Al tocar el agua, al tocar ese modo de vida, se introducen nuevas necesidades y nuevas lógicas mucho más mercantilistas y violentas. Por eso atacar al agua es claramente un riesgo para la vida digna como se ha planteado en el TECAM, porque nuestra visión +tiene que ver con la posibilidad de decidir cómo vivir dignamente en ese territorio, como darle valor también a lo que hay : darle valor al aire limpio, darle valor a un alimento cultivado sanamente, darle valor a una proteína animal criada en estrecha relación con la tierra.
Darle valor a todo eso desde una lógica más desarrollista implica retraso. Entonces, entendemos la vida digna como esa posibilidad de autodeterminarse y, en esa autodeterminación, darle valor a lo que desde otra lógica no lo tiene.
¿Cómo se convierte el TECAM en una herramienta para proteger el agua, el territorio y la vida digna?
Luis Alberto Pérez Vivas: El TECAM es una herramienta que se ha buscado durante años y que apunta al reconocimiento de derechos territoriales. El campesinado en Colombia fue declarado sujeto de especial protección, pero hasta entonces no se habían contemplado estos derechos. Esto implica reconocer derechos territoriales a cerca de 15 millones de personas, lo que supone transformaciones profundas en las lógicas sobre las que se ha construido el país.
El TECAM es una herramienta para enaltecer y dar una voz a propuestas distintas de hacer la vida en los territorios. Sin una figura territorial, las decisiones siempre se toman en otro lado y normalmente se toman a las espaldas de las comunidades. Se toman en las alcaldías, en los consejos, en las gobernaciones, en las asambleas departamentales, en esas instancias que administrativamente tienen esa función.
El TECAM le da voz a las comunidades para que puedan decidir cómo quieren su territorio. No es una isla dentro de un gran océano que sea el país, sino que es una figura que estará muy conectada con las ciudades. No es solamente el TECAM para los campesinos que lo habitan, sino que es una propuesta para todo el país. Apunta a otra posibilidad que no es solamente industrial, a punta de químicos, sino que es otra forma de producir para cuidar la vida de todas las personas que viven en las ciudades, en el país, porque mucha de la comida que consumimos hoy en día no es de buena calidad, no es nutritiva.
Entonces, el TECAM es una herramienta para darle voz a las iniciativas que buscan construir una vida digna para quienes habitan el territorio y para todas las personas que, desde allí, entran en relación con otros lugares y formas de habitar el país.
Frente a este panorama, ¿cómo imaginas el futuro del territorio?
Luis Alberto Pérez Vivas: Recurro a una frase poética de Cortázar: ‘‘la esperanza no le pertenece a los hombres, sino que es la vida misma defendiéndose.’’
Hay que ser voceros de la esperanza y pensar el territorio con esperanza, porque no es solamente lo humano; los gallos cantan independientemente de que uno se levante, independientemente de que uno les diga que canten. Hay una vida que sabe cómo funcionar.
Se dice que las flores y las matas florecen en la noche. El hecho está ahí: uno se levanta y ve que los árboles de la finca aumentaron unos centímetros o que una flor se abrió, que una nueva hojita se abrió. Esas relaciones están ahí, y yo creo que son mucho más grandes que nuestra arrogancia como seres humanos.
Percibo esperanza primero en eso, en un territorio que, si bien está en estrecha relación con los humanos, también está más allá de los humanos y la tierra encuentra su manera de defenderse.
Recientemente, en el municipio de Ataco, en el Tolima, el territorio ha sido fuertemente alterado por la minería ilegal. Actualmente, hay un brote de mosquitos y enfermedades asociadas a su picadura, que proliferan en los pozos de agua que dejan la actividad minera. Eso representa una sabiduría en la tierra que sabe hasta cuándo y hasta qué punto permite ese daño hacia ella.
Por otro lado, uno se puede volver la voz de un territorio y es importante sentir esa conexión con un territorio en particular al cual darle voz, porque va a necesitar esa defensa. Yo creo que las herramientas que se están colocando desde lo jurídico son adecuadas: las figuras territoriales de los TECAM, los determinantes territoriales como las áreas para la protección y la producción de alimentos (APPA), e incluso la ampliación de resguardos indígenas, la ampliación y la culminación de los consejos comunitarios afro y otras formas de organización campesina, como las Zonas de Reserva Campesina.
Todo eso es sumar pequeñas piezas a ese rompecabezas, para que cada vez sean más los territorios que están protegidos y que pueden decir: “En este territorio no. En este pedacito de tierra no”. Eso implica ampliar la conciencia del valor que hay en vivir en un territorio donde todavía hay agua que se puede tomar sin el riesgo de ir a un hospital, donde todavía hay aire que respirar, donde todavía se puede vivir y dormir con tranquilidad de no ser robado, de no ser matado, de no ser vulnerado de alguna manera.
Entonces, creo en esas dos dimensiones: por un lado, la responsabilidad humana de ampliar la conciencia; por otro, una fuerza que ya está en la naturaleza y en la que hay que aprender a confiar y a observar. Eso diría respecto a la esperanza para este territorio.